¡Aquellos diciembres!

 

Por: Mario Benedicto Parra : Recuerdo que durante mi niñez la Navidad solo empezaba a nombrase a principios de diciembre, no como en los tiempos actuales, que comienza prácticamente en octubre; asombra ver cómo en varias casas arman el arbolito desde finales de octubre y cómo los establecimientos de comercio y las calles se inundan de luces, arreglos y adornos navideños, árboles de navidad, pesebres y juguetes.

La Navidad llegaba con la celebración del 8 de diciembre, que es el día de la Inmaculada Concepción, con una misa en la Iglesia La Candelaria. Hoy en día la fiesta se realiza desde el 7 por la noche con velitas y faroles por todas partes, música y bullicio.

Contrario a lo que pasa hoy, nosotros teníamos que rogarles a nuestros padres para que dejaran armar el pesebre unos días antes de la fecha de inicio de la Novena, pero ellos salían con la excusa de que la casa se llenaba de tierra, arena, musgo y mugre.

Era mucho lo que disfrutábamos con la armada del pesebre y del arbolito. En cuanto al pesebre, había que ir a los almacenes a comprar ovejas, caballos, yeguas, vacas, gallos, gallinas, cerdos, conejos, perros, casitas e iglesias de cartón, etc., el almacén preferido era el de don Aníbal Suárez, propietario de la Cacharrería Colosal.

Para armar el pesebre, lo primero que se hacía era conseguir cajas de cartón en los almacenes de Bercelio Zabaleta, Eduardo Parra, mi padre, Jesús Díaz, Ignacio Ortiz, Custodio Orozco, Jorge Lara, padre de Rodrigo Lara Bonilla, quien después le vendió el negocio de ferretería a don Alfredo Duque. Esas cajas se acomodaban de tal forma que se obtuviera una topografía plana en algunas partes y en falda en otras. Una vez se forraban las cajas con papel pesebre o encerado, seguía cubrir todo con musgo, menos una parte que se cubría con arena para simular un desierto. Eso sí, teníamos prohibido tocar el pesebre, aunque no faltaba el patán tirando a mayor de edad que intencionalmente tumbaba los animales o los cambiaba de sitio. Sin duda, se hacían unos pesebres bastante desproporcionados y largos que ocupaban casi todo el corredor de cada casa

Un chamizo servía como árbol navideño cubierto de algodón o musgo. Ahora los árboles son pinos importados de otras culturas, incluso con luces y sonidos incorporados y algunos giratorios.

Por fin llegaba el anhelado 24 de diciembre, pero si uno se portaba mal, nuestras mamás lanzaban su dura advertencia: “siga así como va mijito y verá que no le aparece nada en la cama” y uno no hacía si no pensar en la amenaza maternal.

La publicidad navideña era mínima; los vendedores ambulantes en Campoalegre no existían; tampoco existía el alumbrado navideño público. La mayoría de los avisos de neón de los almacenes, que eran perpendiculares, iluminaban las calles, principalmente la calle 18 entre carreras 7 y 11. No era más.

En los barrios el ambiente era muy festivo, colgaban bombillos de colores sobre las vías, armaban el fogón para preparar natilla y buñuelos, el 24 cerraban la calle para la matada del marrano.

Por esa época no se hablaba de que la pólvora fuera peligrosa y mucho menos de los derechos de los animales. En ese entonces, la pólvora no podía faltar, siempre había dinero para comprarla y era quemada por niños y adultos. Dicen que en las novenas a los niños no les daban de comer, pero sí les daban triquitraques y rascaniguas. Es obvio que en esa época no había conciencia de los daños que producía la pólvora en los humanos y los animales.

Cómo han cambiado los tiempos, cómo han cambiado aquellos diciembres en Campoalegre. Que Dios nos bendiga, nos permita pasar felices esta Navidad y nos conceda muchos propósitos de paz, amor, salud e ilusiones. ¡Hasta pronto!